No solemos prestar la debida atención al importante papel que la cama juega en nuestras vidas. Nacemos en una cama y morimos en otra, y la mitad de nuestra existencia transcurre dentro de ella. La cama cobija nuestras enfermedades, es el nido de nuestros sueños, el campo de batalla del amor. Es nuestro espacio más íntimo.
Para Frida Kahlo la cama, era todo esto y mucho más: refugio, potro de tortura, altar sagrado. Frida era un animal herido, a menudo tan débil, que solo la cama le sostenía. Ya a los seis años se metió en la cama durante nueve meses en ese lecho que iba a ser el centro de su vida, el barquito solitario y doliente con esas sábanas-velas, en donde ella iba a navegar hasta el fin de sus días.
Hoy, bastantes años después de su muerte, ahí está la cama en la que Frida murió y en la que pudo haber nacido, en esa bella casa azul, un gran lecho con cuatro postes y a la cabecera sus seres queridos. Ella se despidió de todos, metida en su cama eterna-cama mundo, en su velero del dolor, con la sonrisa desencajada y las manos resplandecientes de sortijas.